¿Hacia dónde va la educación?
martes, 15 de abril de 2008 8:10
Cuando el ruido cesa.
Existe una teoría, más bien una actitud ante la vida, por la cual aquello que no ves, que no tocas o que no oyes, no te afecta y por lo tanto, no te importa. En un sentido bidireccional, todas esas realidades que no percibes, no existen. Supone una curiosa forma de construcción parcial de la realidad, a través de individualidades.
Ni que decir tiene que es una forma sesgada, unitaria y no global, sin perspectiva; pero tremendamente útil a nivel individual: vives aislado, encapsulado y no sufres. Evidentemente, los problemas, las deficiencias y los conflictos permanecen ahogados, aletargados y latentes, pero a ti no te llegan.
En el capítulo de las relaciones humanas, la actitud descrita anteriormente, estaría bien. Somos muchos para interactuar de una forma ordenada, sería imposible controlar la totalidad de influjos e intentar darles respuesta. Mejor se queda uno como está. Ahora bien, a la hora de afrontar o iniciar relaciones, respecto de la administración, la educación o de la política. ¿Qué decisión toma el individuo?
En un principio, desde la perspectiva de la acción personal, el ciudadano puede demandar respuestas a nivel individual, grupal y social. Pero desde la otra perspectiva, la política o administrativa, las respuestas o decisiones se tomarán en función del ruido que se haga; si te callas, no existe el problema. Si no sonamos, para administración, es como si no existiésemos.
El término medio consiste en esperar a que las cosas vengan rodadas. En este caso no hay intención ni acción; los éxitos o los fracasos no son atribuibles y, en el juicio o balance global, no se ha hecho nada. Ocurre, entonces, que las cosas y las situaciones son así porque son y mejor no tocarlas. En muchos casos sería mejor así: una separación aséptica entre los problemas y las circunstancias y las intenciones o manejos políticos y administrativos.
En ambos casos, el divorcio entre administración y ciudadano, entre política y sociedad, evidente. A cada día que pasa se agiganta la grieta referencial entre los problemas y las soluciones aportadas.
Al sistema educativo en España se le han adjudicado muchas responsabilidades, demasiadas responsabilidades. Es como si la sociedad actual, frustrada y cambiante, proyectase su inconformismo, su desconcierto y su vacío existencial sobre la educación. Cuando se utilizan mal los datos, se analiza de forma alevosa los indicadores o se especula con fórmulas estadísticas, se está tergiversando la realidad. La consecuencia directa es que se están vertiendo juicios e interpretaciones erróneas sobre la realidad educativa, sobre la familia, sobre el alumno, sobre el docente y sobre su trabajo… Todo ello, ¿a cambio de qué?
Imaginemos que la administración culpa al docente de un hipotético disfuncionamiento del sistema educativo. ¿Se imaginan vds. La ilusión y motivación con la que ese profesional acude al día siguiente a su centro de trabajo? Yo sí. Ninguna; acude por obligación, porque es su trabajo. Eso sí, sin una pizca de conciencia de estar realizándose profesional o laboralmente. Ni que decir tiene que ninguna esperanza en que su labor algún día sea reconocida. No se puede pedir vocación a base de palos (entiéndase, en sentido figurado, palos morales).
Hagámonos otro planteamiento y pongámonos en la otra parte: el valor social de la educación. El modelo social, en nuestro país, por hablar de un referente territorial, no nos viene dado; se está configurando. Luego en nuestros centros educativos, no se puede preparar o formar para vivir en un modelo inexistente. Sirvan de ejemplo los modelos transversales de la educación para la salud y el consumo y la propia asignatura de educación para la ciudadanía. En ambos casos, los planteamientos curriculares, el propio discurso en sí, pierde vigencia antes de llegar a los centros educativos. Y esto ocurre no porque estén caducos o no sirvan, sino porque no se corresponden con un modelo o referente en la calle. En la calle, la sociedad en general, los medios de comunicación, el modelo familiar y el propio individuo, caminan por separado. Otra brecha; ésta vez entre sociedad y escuela.
La administración persigue el análisis de indicadores, que diagnostiquen, hasta qué punto el individuo está preparado para la vida (criterio aptitudinal). En los centros educativos, por contra, se trabaja desde la base de que lo importantes es formarse para la vida (criterio actitudinal). Ambos puntos de vista, que no tienen por qué ser excluyentes, desembocan en resultados o realidades dispares; sobre todo porque la demanda social hacia la educación no está definida o es incongruente.
En las últimas tres décadas, la sociedad se ha configurado a golpe de subvenciones, de consumo incontrolado de todo tipo, de éxito rápido y fácil, de turismo de tránsito, de vorágine laboral y de multiculturalidad. Desde estas líneas no se pretende hacer un juicio, ni un posicionamiento, pero la sociedad actual todavía no ha digerido tanto cambio. ¿Pretendemos que el sistema educativo sí?
Juan Gámez Cobo (Tarifa)
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